Marchaba lento el escuadrón riflero:
ciento veinte soldados de la España
que llevaban, cual prueba de su saña,
a Sanguily, baldado y prisionero.
Y en un grupo forjado por Hornero,
treinta y cinco elegidos de la hazaña,
alumbraron el valle y la montaña
al resplandor fulmíneo del acero.
Alzóse un yaguarama reluciente,
se oyó un grito de mando prepotente
y un semidiós, formado en el combate,
ordenando una carga de locura,
marchó con sus leones al rescate
¡y se llevó al cautivo en la montura!
Más tarde, cuando El Mayor se refería a su proeza, aseguraba: ««Mis soldados no pelearon como hombres, lucharon como fieras». Los españoles sumaban 120 dejando en el campo 11 cadáveres, 60 caballos y numeroso armamento. Los cubanos por su parte reportaron 2 muertos y 3 heridos.
