Frente a un reto global como el cambio climático, Cuba ha decidido no limitarse a una respuesta de emergencia. Con su Tarea Vida, un Plan de Estado, la isla ha dado un giro estratégico: convertir una amenaza existencial en una oportunidad para cimentar un desarrollo sostenible.
Y es que, siendo un pequeño estado insular, Cuba es especialmente vulnerable. Los discursos internacionales suelen centrarse en la mitigación (reducir emisiones), pero aquí, la prioridad es clara y pragmática: la adaptación. Se trata de prepararse para unos impactos que, en buena medida, ya son inevitables. El objetivo no es solo sobrevivir, sino hacerlo protegiendo a su población, salvaguardando sus valiosos ecosistemas y transitando hacia una economía baja en emisiones, pero sin renunciar al bienestar social ni a la equidad.
La Tarea Vida no parte de cero. Da respuesta a problemas ya palpables, agudizados por el clima: el termómetro que sube año tras año, una temporada ciclónica más intensa, la biodiversidad bajo presión y, sobre todo, la creciente amenaza a las costas. Precisamente esas zonas costeras, donde confluyen comunidades, turismo y pesca –pilares de la vida y la economía–, fueron las primeras en recibir atención.
Ya se ven avances concretos. Proyectos emblemáticos como ‘Mi Costa’ y ‘Manglar Vivo’ están demostrando que es posible rehabilitar ecosistemas críticos. En el terreno, los números empiezan a hablar: más de 2,300 hectáreas bajo buenas prácticas de manejo en suelos, agua y bosques; viveros forestales tecnificados surgiendo en litorales vulnerables; y acciones de restauración en más de 8,200 hectáreas de manglares, nuestra primera barrera de defensa natural.
El plan también se nutre de conocimiento y gestión moderna. Se han multiplicado los talleres de capacitación, llegando incluso a tomadores de decisiones, y ya se construye una plataforma digital para registrar y monitorear las acciones climáticas en un sector clave como la agricultura.
Al final, la Tarea Vida trasciende lo técnico. Es un compromiso de país con un futuro más seguro y justo. Su verdadero éxito no dependerá únicamente de las políticas gubernamentales, sino de una colaboración activa entre instituciones, empresas, comunidades y cada ciudadano. Requerirá la agilidad para ajustar las estrategias a cada rincón del archipiélago y la voluntad de medir los impactos para rectificar sobre la marcha. En esencia, es el plan de Cuba para no solo enfrentar lo inmediato, sino para aprender a navegar en un nuevo clima.
