En disímiles ocasiones he escuchado provenir de un hombre la frase: «yo ayudo a mi mujer en la casa», u otras variantes similares. Esta expresión se enmarca en un conjunto de actividades que, según patrones de género que jerarquizan al varón, se asocian directamente a la mujer. Lavar, cocinar, fregar… tareas que, a pesar del repertorio de leyes aprobadas, siguen ligándose intrínsecamente a la figura femenina.
Existen hombres, por supuesto, que no se rigen por esos estereotipos. Realizan tareas domésticas en igualdad de condiciones que su compañera y buscan el equilibrio en horarios y responsabilidades. Pero, lamentablemente, no son la mayoría.
Esta forma de pensar se inculca en las personas desde antes de que puedan discernir entre lo bueno y lo malo. Aquí es donde intervienen los conocidos roles de género: funciones que se asignan a las personas según el sexo con el que nacen y que, a largo plazo, marcan el modo en que se establecen las relaciones entre hombres y mujeres en la sociedad.
Son transmitidos y adquiridos de manera casi inconsciente desde el nacimiento, a través de la familia, la educación, los medios de comunicación y otras vías. Empiezan con aquello de que los niños se visten de azul y las pequeñas de rosa, pero continúan manifestándose de diversos modos en cada etapa del crecimiento. Las niñas deben jugar a la casita con sus muñecas, pero los niños no pueden; ellos deben jugar con sus carritos y viceversa.
Lamentablemente, muchas veces son las propias mujeres quienes, desde la crianza, inculcan a sus hijas que ese es «su deber». Muchas ni siquiera perciben en esta situación un fenómeno que lacera su autoestima y el desarrollo personal de todos los miembros de la familia, por lo que, lejos de enfrentarlo, lo perpetúan.
Pensemos en una relación en la que ambos trabajan unas 8 o 10 horas diarias fuera de casa. Una vez en el hogar, la mujer debe proseguir con los quehaceres domésticos. Esto implica una doble jornada laboral que, en total, sumaría unas 16 horas, quizás más, dependiendo de las circunstancias.
La sobrecarga doméstica sobre mujeres trabajadoras que no cuentan con la cooperación de su pareja es también una manifestación de la violencia de género, presente aún en un porcentaje significativo de las familias cubanas. En algunos casos, donde los hombres han comenzado a compartir estos quehaceres, esperan a que sea la mujer quien les diga lo que tienen que hacer.
Esto conlleva, por supuesto, un desgaste mental, cuando todas las responsabilidades y rutinas del hogar recaen sobre ella: el cuidado de niños, ancianos e incluso de su esposo y la imagen de este.

Este fenómeno es conocido como la feminización de los cuidados. Es una de las formas de violencia que se ha naturalizado a partir de los mismos roles obsoletos. Muchas veces, las mujeres tienen que filtrar sus opciones laborales y descartar aquellas que requieren jornadas extensas de trabajo, pues no cuentan con un apoyo en el hogar, alguien con quien compartir la responsabilidad. En 2024, del total de personas ocupadas en Cuba, apenas un 36,8 % correspondió a mujeres, frente a un 61,8 % de hombres.
Como popularmente se dice, «detrás de cada gran hombre hay una gran mujer». Pero a esa mujer, muchas veces, se le niega la posibilidad de estar junto a su compañero, lado a lado, o incluso delante. El trabajo en el hogar constituye la mayor parte del «trabajo invisible» realizado por ellas, quienes, además, no son consideradas económicamente activas.
Pero tales estadísticas no aparecen recogidas en ningún registro. Todavía las actividades que se hacen para mantener el hogar no son reconocidas como trabajo por una buena parte de la sociedad, y tampoco se valoran como un aporte económico a esta.
Nuestro país, sin duda alguna, ha logrado romper muchas de las brechas de género aún persistentes en otras latitudes. Las mujeres están presentes en todos los espacios: en el parlamento, en las asambleas del Poder Popular a todos los niveles, en los centros de investigación científica, en las fiscalías, en las universidades, en el campo, en los medios de prensa. En algunos lugares, incluso, son mayoría.
Sin embargo, mientras nosotras hemos salido al mundo exterior, muchos hombres aún no colaboran dentro del hogar. En un lugar creado y sustentado por ambos, usted, como hombre, no está «ayudando»: está compartiendo. Cada familia, desde su estructura y condiciones, debe encontrar la fórmula que mejor funcione para sus propias rutinas. Si para ello es necesario romper esa torcida tradición que sigue arraigándose, pues entonces es hora de romperla.
