El día que la Patria lloró a sus héroes

El 7 de diciembre de 1989 el cielo estuvo vestido del color gris tristeza propio de los grandes dolores. Ni en la mañana ni al mediodía se le aguaron los ojos, pero ya en la tarde empezó a lagrimear hasta que rompió todo su llanto sobre la tierra enlutada.

Hubo lluvia benéfica en toda Cuba para mojar el surco donde serían sembradas las semillas de sus mejores hijos. Esos que regresaban a la Patria tras haber caído en el cumplimiento del deber sagrado del internacionalismo: era la Operación Tributo.

Al Titán de Bronce —muerto en combate 93 años atrás— le llegaban más de dos mil nuevos Panchito Gómez Toro, para junto a él, seguir luchando por las libertades propias y ajenas. El sagrado suelo patrio tendría en lo adelante un mejor abono y el árbol de la solidaridad ramificaría sus frutos.

Cada siete de diciembre se conmemora el traslado a la Patria de los restos mortales combatientes que cumplían misiones militares y tareas civiles, caídos en África.

Fidel, en su discurso en el Cacahual, donde reposan los restos del general Antonio Maceo, resaltaba el significado simbólico del día seleccionado: “Al escoger esta fecha para dar sepultura a los restos de nuestros heroicos combatientes internacionalistas caídos en diversas partes del mundo, fundamentalmente en África, de donde vinieron los antepasados de Maceo y una parte sustancial de nuestra sangre, el 7 de diciembre se convertirá en día de recordación para todos los cubanos que dieron su vida no solo en defensa de su patria, sino también de la humanidad. De este modo, el patriotismo y el internacionalismo, dos de los más hermosos valores que ha sido capaz de crear el hombre, se unirán para siempre en la historia de Cuba”.

Llanto, mucho llanto. Dolor, mucho dolor. Dolor inconmensurable de madres, padres, esposas, hijos, hermanos… pero también mucha firmeza, convicción de que habían muerto como héroes en el cumplimiento de sus deberes.

Dos manos recorrían con sus dedos la parte superior del féretro: “Mira, pasa la mano por aquí para que veas lo bueno que es mi hijo”. Mientras un padre, le reclamaba a su esposa: ¡Coño, no llores más, que le diste un macho a la Revolución!, y ella asentía y besaba el sarcófago con los restos de su preciado retoño.

El padre, que había luchado en Girón y participado en la limpia del Escambray, le rendía tributo al hijo joven caído bajo otros cielos en su regreso eterno para descansar en su tierra querida. Y la misma escena, u otra similar, se repetía de manera simultánea en los 169 municipios del país.

En ningún lugar faltaron las ofrendas del Comandante en Jefe y del general de Ejército y Ministro de las FAR, Raúl Castro. Ante los féretros cubiertos con la bandera cubana desfilaron, estudiantes, trabajadores, amas de casa, campesinos, milicianos integrantes de las Brigadas de Producción y Defensa.

La lluvia y el dolor pusieron a prueba ese día la firmeza del pueblo. Pocos faltaron al homenaje póstumo de aquel 7 de diciembre de 1989. Allí estuvo firme lo mejor del país reconocido en sus muertos: en esos despojos sagrados estaban representadas las mejores cualidades de los revolucionarios cubanos. La Patria los parió héroes, y como tales les rindió sagrado homenaje.

Ellos hallaron la muerte en nombre de la vida, y como decía José Martí:  “…son el caudal de los pueblos”. Ese día toda la luz de Cuba se vio por la ventana de una lágrima. Fue el milagro de convertir el llanto en luz.

Al decir de Fidel: “Estos hombres y mujeres a los que hoy damos honrosa sepultura en la cálida tierra que los vio nacer, murieron por los más sagrados valores de nuestra historia y de nuestra Revolución. (…) Ellos murieron por el socialismo. Ellos murieron por el internacionalismo. Ellos murieron por la patria revolucionaria y digna que es hoy Cuba. ¡Sabremos ser capaces de seguir su ejemplo! Para ellos: ¡Gloria eterna!”.

Como espartanos cubanos del siglo XX vinieron con el escudo y sobre el escudo. Tal y como expresara Raúl Castro, el 10 de diciembre de 1977 en Luanda: “Los pueblos de Angola y Cuba son hermanos en todos los aspectos y por tal motivo siempre estaremos uno al lado del otro (...). En los tiempos buenos, en los tiempos malos, y para siempre. ¡Nos llevaremos solamente la amistad indestructible de este gran pueblo, y los restos de nuestros muertos!

Porque los muertos son, el altar más sagrado de la honra.

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