¿Y qué es la vida? Sembrar para recoger PDF Imprimir E-mail
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Martes, 29 de Enero de 2013 07:17

La vida no se mide anotando puntos, como si fuera un juego, ni por la forma  impositiva con la cual se actúa, ya sea por jerarquía o  altivez, tampoco por el  éxito aparente, ese que apenas perdura, pues no fue fomentado en ocasiones sobre la base del esfuerzo personal, del ejemplo transmitido, de la transparencia en la forma de actuar.

Hay tantas cosas efímeras a las cuales muchos dan más importancia de la necesaria y dedican su tiempo y recursos, en ocasiones mal habidos, a preocuparse por la marca de ropa o los zapatos, por ver cuánto de provecho pueden sacarle a un trabajo, a una relación con alguien de buenas condiciones económicas.

Van transitando por cada minuto, por cada jornada sin sembrar lo valedero y luego, al final chocan con la realidad de que la vida se mide según a quién amas y según a quién dañas.

Se evalúa según la felicidad o la tristeza que se proporciona a otros, por los compromisos cumplidos y las confianzas  traicionadas.

De ahí que resulte imprescindible para recoger una adecuada cosecha, ir plantado a lo largo de los años las buenas acciones, y esto es aplicable tanto a las relaciones con la familia, como con los amigos.

Algunos argumentan que no tienen espacio en su agenda personal porque sus compromisos sociales o laborales les ocupan sus horas y luego, cuando están ya en el ocaso de los años y no cuentan con las posibilidades extras proporcionadas por su estatus, entonces desean recibir el afecto y la atención de aquellos, tal vez sus hijos o pareja, a quienes marginó y nunca dedicó el tiempo necesario.

Esto nos hace recordar un spot transmitido por la televisión cubana referido a un hijo que cada mes llevaba al padre un dinero y lo dejaba sobre la mesa, sin darle un abrazo ni profesarle un saludo cariñoso. Para algunos resultaba inexplicable tanta frialdad en el trato con el progenitor.

Al hacer una retrospectiva, aparecía el anciano cuando era joven e iba igualmente, a llevar la manutención del niño a la casa donde vivía con la madre, solo eso hacía, ni entablaba una charla para saber cómo se sentía el pequeño, ni cuáles eran sus preocupaciones o rendimiento escolar.

Nunca tuvo tiempo para más, de ahí que su descendiente.
repitiera lo vivido en su infancia.  Esto resulta un alerta para que reflexionemos lo que vamos sembrando a través de nuestras vidas.  Hay que sembrar para recoger. (Por María Elena Balán Sainz / AIN)

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