El hijo del Camagüey

 Este veintitrés de diciembre, hace ciento setenta y siete años, nació en Santa María del Puerto del Príncipe, hoy Camagüey, Ignacio Agramonte y Loynaz, quien por su valor e intransigencia, continúa cabalgando en la llanura demostrando su amor a la Patria y sobre todo a su independencia.

 Ante nosotros está un hombre que no le temió a nada y puso su inteligencia en función de organizar un ejército temible por los estragos que causaba en las filas enemigas.

  Quienes lo conocieron como  Enrique Collazo, coronel del Ejército Libertador, destacan las características como patriota: 

 El trabajo que tenía que emprender era inmenso y solo un hombre con sus condiciones podría llevarlo a cabo, por fortuna el que debía hacerlo era Agramonte, al joven de carácter violento y apasionado, lo sustituyó el general severo, justo, cuidadoso y amante de su tropa; moralizó con la palabra y con la práctica, fue maestro y modelo de sus subordinados y formó la base de un ejército disciplinado y entusiasta

Trasciende Agramonte, además, por su ejemplo de esposo amantísimo, que supo entregarse a Cuba y también a su Amalia del alma, la mujer a la cual no renunció y de la que obtuvo comprensión y respaldo en sus luchas revolucionarias.

  Un amor forjado en la primera juventud, que solo tuvo en la muerte el distanciamiento físico, porque en el corazón de Amalia, Ignacio vivió por siempre aún cuando con tan solo treinta y dos años cayó en combate el once de mayo de mil ochocientos setenta y tres, en el Potrero de Jimaguayú, al sur de la ciudad de Camagüey

 De Agramonte escribió el Héroe Nacional José Martí:

 Pero jamás fue tan grande ni aún cuando profanaron su cadáver  como cuando al oír la censura que hacían al gobierno sus oficiales, deseosos de verlo rey por el poder como lo era por la virtud, se puso de pie, alarmado y soberbio, con estatura que no se le había visto hasta entonces, y dijo Nunca permitiré que se murmure en mi presencia del Presidente de la República

   Cada día, desde su ejemplo vivo, palpable y concreto,Ignacio Agramonte nos llama al combate por la preservación de la independencia que él contribuyó a conquistar desde la manigua redentora. Hay muchísimas razones para tenerlo cerca y hacernos acompañar de su impronta.

 Han transcurrido ciento setenta y siete años de la presencia eterna de Ignacio Agramonte, aquel joven que se hizo abogado, pero no quedó sereno en el bufete, sino que puso ímpetu en función de la Patria herida.

 No hizo juramento  ni pacto alguno que no fuera con Cuba, esa que fue su amada siempre, tanto como la propia Amalia.

  El Camagüey conoció de sus hazañas, las mismas que hicieron temblar al enemigo español, un enemigo que hasta muerto le temió y decidió incinerar su cadáver como si de ese modo fueran a borrarlo para siempre. En la Cuba de hoy, perdura su ejemplo por su valor e intransigencia y sobre todo, por su amor a la patria.  

 

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