El Mayor en la historia

Fue el combate de Bonilla, el 26 de noviembre de  l868, la primera referencia en el orden militar en que se menciona   a Ignacio Agramonte durante la guerra por la independencia de Cuba contra el colonialismo español.

En ese lugar, entre la línea férrea y el arroyo de Bonilla, en la región de territorio de Minas, los jóvenes revolucionarios camagüeyanos tendieron una emboscada a las tropas españolas comandadas por el Conde de Valmaseda.

Hablando sobre la acción, Salvador Cisneros Betancourt plantea se extiende desde las diez y media de la mañana « ... hasta las tres de la tarde que abandona (Balmaseda) el campo, dejando más de 70 cadáveres insepultos y el tren con su máquina llevándose más de 40 heridos…»

En ese bautismo de fuego de Agramonte, incorporado a la lucha el 11 de noviembre, aclara Cisneros que se portó muy valiente, rechazando en un principio a más de media docena de soldados que intentaban llegar hasta él.

A partir de allí, Agramonte inició su ascenso militar que lo llevó a ostentar el grado de Mayor General del Ejército Libertador y ser uno de los principales líderes de la “Guerra de los Diez Años” hasta su caída en combate, hace 145 años.

Ignacio abrazó la carrera de Derecho como su padre, pero apenas tuvo tiempo de desarrollarla, porque el clamor independentista lo acogió con mucha pasión, la misma que sintió por el amor a Amalia Simoni, joven principeña con quien se casó unas semanas antes de incorporarse a la guerra y tuvo dos hijos.

Agramonte llego a ser un destacado jefe mambí,  impuso una férrea disciplina militar en la tropa que comandaba en el Camagüey, disciplina que acataba primero y con orden creó una fuerza de caballería temible para los colonialistas.

José Martí lo llamó “Diamante con alma de beso” y Fidel Castro: “Insuperable valladar ante la discordia, la sedición y la desorientación; sus soldados le decían, sencillamente, El Mayor”.

Se distinguió, además, por su lealtad personal y patriótica, lo demostró en la fidelidad eterna que le juró a su amada y a la jefatura de la Revolución, al presidente Céspedes.

Martí lo recordó así: “Pero jamás fue tan grande, ni aun cuando profanaron su cadáver sus enemigos, como cuando al oír la censura que hacían del gobierno sus oficiales, se puso de pie, alarmado y soberbio, dijo Nunca permitiré que se murmure en mi presencia del Presidente de la República”.

 

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