Salvemos al cóndor… ¿Y al ser humano?

Salvemos al cóndor… ¿Y al ser humano?

Ernesto Pantaleón Medina

Recientemente leí en un libro escrito por un autor norteamericano (*) los enormes esfuerzos que en el área del Gran Cañón del Colorado y en otros parques naturales  se llevaron a cabo para rescatar de la extinción una especie de la fauna continental: el cóndor.

De manera pormenorizada se narran las batallas contra la burocracia, contra la falta de comprensión por parte de muchos funcionarios e incluso gente común, y además, las peripecias de las instituciones y especialistas involucrados directamente en el programa, como zoológicos, veterinarios,  grupos de preservación ambiental,  genetistas, cuidadores de fauna o guardias forestales, y muchas personas más.

Análisis de sangre, helicópteros, seguimiento por radio, captura y anillamiento de pichones, puntos de alimentación, reintroducciones, y mil tareas más durante años.

Al fin –narra el pasaje—se logró incrementar la cifra inicial de menos de 30 cóndores americanos, a más de cien, algo que según el autor, resulta agradable en medio de tantas noticias negativas ¨desde la disminución de la fauna marina hasta el calentamiento global…¨

Para concluir  escribe el autor su encuentro fortuito con una de esas gigantescas aves que hoy vuelan libres sin temor alguno a su desaparición:

¨Se alejó, dejándome allí abajo, más seguro que nunca de que cuando el ser humano dedica la mente y el corazón a un propósito, puede lograr cosas grandiosas¨ .

Qué pena que tanto altruismo, tanto pensar en el bien de quienes poblamos este abollado planeta,  seamos personas, animales o plantas, no se ponga en función de lograr para los hombres y mujeres de todas las latitudes, la misma paz de que disfrutan ahora los hijos y nietos de aquellos menos de 30 cóndores que existían hace algunas décadas.

Ojalá el presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, quien alimenta el fuego de la guerra y la destrucción  y que afirma la absoluta improcedencia de leer un libro, encuentre al menos alguien entre sus muchos colaboradores, que le cuente el anterior pasaje de la historia cercana de su propio país.

Quizás suene en lo recóndito de su cerebro alguna campanita que dispare un oculto resorte y lo lleve a pensar un poco en el bien de la humanidad, y no tanto  en los recursos naturales que hoy quiere arrebatar a las naciones, y los millones de personas que sencillamente desprecia porque los considera ¨diferentes¨.

(*) Redescubriendo mi país, Estados Unidos de América ( Ciencias Sociales, La Habana 2015)

 

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