Transparencia democrática vs pataleo antichavista

Nos separan apenas unas horas de  que Nicolás  Maduro saliera vencedor, con gran ventaja sobre sus oponentes en las elecciones para presidente de la República Bolivariana de Venezuela. Una vez más se puso a prueba la capacidad cívica, organizativa, y la lealtad de ese pueblo hacia las ideas de Hugo Chávez.

Numerosos observadores internacionales, y todo aquel que quiso interesarse por la pulcritud de ese proceso, pudo hacerlo, las estructuras creadas para garantizar un sufragio limpio y ordenado, exhibieron  otra vez  su transparencia, aunque todavía algunos (muchos, dirían los amantes de la justicia y el honor) cuestionan a un pueblo que ha sido puesto bajo el microscopio una y otra vez a lo largo de los años. En 10 meses el chavismo obtuvo la victoria en los cuatro comicios realizados entre 2017 y 2018.

Y siempre, indefectiblemente, han salido airosos de la inquisitoria mirada:

Maduro  (Frente Amplio de la Patria) recibió 6 millones 132 mil 655  de los votos válidos (67.7 por ciento).

Su más cercano contendiente, representante de la oposición, Henri Falcón, quedó con 21 por ciento de los votos.

El  candidato  Javier Bertucci, del grupo Esperanza para el Cambio, alcanzó el 10,82 por ciento de los sufragios.

¿No pueden dejarlos en paz, que los venezolanos escojan su rumbo, elijan a su presidente y den a su sufrida y humilde patria la orientación política que les parezca mejor?

Imposible, susurran sibilinamente los testaferros de la gran potencia, los adalides del fraude y la manipulación de los  derechos humanos, esos  que se manejan de esta u otra manera, para acomodarlos según convenga a los intereses que más pagan.

  • Los Estados Unidos de América no reconocerán los resultados de las elecciones presidenciales que se están celebrando este domingo en la República Bolivariana de Venezuela, ha anunciado en una rueda de prensa el subsecretario de Estado del país norteamericano, John Sullivan.
  • Catorce gobiernos de América, conocidos como el Grupo de Lima, no reconocen los resultados de las elecciones en Venezuela de este domingo y acordaron “reducir” sus relaciones diplomáticas llamando a sus embajadores en Caracas.

La lucha continúa en ese bastión de la democracia, en el respecto a las decisiones populares en Sudamérica.

Y este redactor, que ya pasa de los 60 y ha vivido como elector y como reportero todos los procesos electorales efectuados desde la creación del Poder Popular en Cuba, recuerda cuánto  se ha  cuestionado  por personajes y súper medios del ¨más allᨠla democracia cubana.

Puedo decir, porque lo he vivido, que en más de 40 años, ningún interés material movió a candidato alguno  a las estructuras de gobierno en Cuba, ni se realizó campaña, ni se ensalzaron tales o más cuales méritos, ni se escogió a determinada persona por las promesas que hace o hizo, o por lo abultado de su billetera, porque todas están igual de desprovistas o algo parecido.

Desaparecieron con la Revolución los pasquines que tanto ensuciaron postes y vidrieras con la foto de los bien vestidos de Dril Blanco y tocados con sombrero de jipi-japa, tabaco humeante en la comisura de la boca sonriente, y no se escucha el estruendo de voladores y petardos de feria para reforzar la ¨candidatura¨ del senador o el representante, casi siempre un rico propietario.

Juro que en las muchas asambleas a las que he asistido como elector o como periodista, solo he escuchado relatar abiertamente cuánto de inteligente, capaz,  abnegado, ejemplar y honrado tiene ¨mi¨ vecino, no ¨Panchón¨, Plutarco, Montelongo u otro personaje de aquellos que recordaba críticamente un  programa tan acertado como gracioso que la televisión cubana transmitía hace algunas décadas.

Y por eso se escogen los candidatos, por la confianza que le tienen los habitantes de una demarcación determinada; basta apuntar que un elevado  por ciento de los diputados al Parlamento Cubano son delegados de base, o sea, los representantes del barrio, esos que saludamos cada mañana y vemos en la cola de la guagua, porque no disfrutan de prebendas, ni perciben remuneración alguna por esa labor.

Puedo asegurar también, que jamás he visto la presión de un militar en un colegio electoral, y los uniformes que han acudido ante las urnas, ha sido porque quienes los visten, por supuesto, también son cubanos, gozan y ejercen su soberano derecho a votar por quien mejor entiendan.

Algo que sí he visto, y mucho, ha sido de manera infalible, a ambos lados de la humilde caja donde se depositan las boletas, las caras limpias y los ojos brillantes de los niños, que en sus uniformes de pioneros que aspiran a ¨ser como el Che¨ levantan las manecitas en el conocido saludo y exclaman a dúo:

¡¨Votó¨!

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