El árbol

A partir de este mes de abril el mundo, o al menos una buena parte de él, respira con más tranquilidad, debido a un hecho impensable desde los años 50 del pasado siglo: las dos Coreas decidieron hablar de  paz, de la renuncia a los arsenales nucleares y de la negativa a adoptar medidas que pudieran envolver a la controvertida península del Asia en un conflicto de consecuencias más que previsibles: el holocausto.

Más allá del suceso del pasado viernes, en que los mandatarios de ambas naciones firmaron un acuerdo mediante el cual  se comprometen a lograr ¨un fin permanente¨ de la guerra, aquel  sangriento recuerdo  que concluyó aparentemente con el armisticio de Panmunjong  en 1953, lo ocurrido justo en la frontera entre las dos naciones es la manifestación indiscutible de un nuevo modo de pensar.

Por una parte, se da la mayor prioridad al lenguaje constructivo y enriquecedor, como corresponde a representantes de civilizaciones modernas, que supuestamente deben olvidar la Edad de Piedra, la Ley del Garrote y consagrarse a  reducir diferencias entre hermanos, en lugar de aumentarlas.

Claro, ese entresijo de malentendidos, de presiones, amenazas e incomodidad ha sufrido los efectos de  un elemento tan favorable como lo es el viento al fuego, o la pólvora a una explosión: los flamantes paladines de las libertades, de los Derechos Humanos y de la Paz, azuzaron durante más de medio siglo un conflicto que a todas luces hubiera sido resuelto sin la injerencia del incipiente  gendarme global  que por aquellos tiempos ya mostraba sus intenciones.

Porque nadie duda de que injerencia, y de las peores, fue la intervención de los Estados Unidos en una  guerra que costó la vida a más de TRES MILLONES de personas (algunos expertos dicen que cuatro) entre ellos alrededor de  36  000 estadounidenses.

Aviones ¨Made in USA¨ bombardearon todo el país con napalm y se volaron importantes embalses que arrasaron la mayor parte de las cosechas de arroz; sencillamente algo muy parecido a los crímenes que cometieron los nazis en Holanda durante la Segunda Guerra Mundial y por los que fueron juzgados en Núremberg.

Al final la gran potencia lució ante el mundo  como perdedora, aunque el país asiático quedó prácticamente destruido y lo peor, dividido, en un torpe ensayo de lo que intentarían los yanquis más tarde en Vietnam.

Pero mal que bien, cesaron las hostilidades en la península, aunque nunca llegaron  la paz y la concordia, sino que fueron décadas de constante tensión, azuzada por los sucesivos gobernantes norteamericanos quienes armaron hasta los dientes a Seúl, mientras amenazaban e intentaban desacreditar a Pyongyang, a la cual achacaban los más atroces crímenes contra sus propios ciudadanos.

Hoy se puede hablar de la intención conjunta de construir  un futuro  en verdadera fraternidad, y se erigen en símbolos promisorios la reunión de dos líderes justamente en una frontera que a partir de ahora une en vez de marcar divisiones, y con un hermoso punto de partida: la siembra del árbol de la paz.

Enhorabuena a la Corea de estos tiempos, que acogerá entre sus brazos a hombres y mujeres mejores, por el bien de la Humanidad.

 

 

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