La flauta mágica

El inmortal Mozart escribió entre sus numerosas joyas, La Flauta Mágica, una pieza que es considerada por muchos como una de las más grandes creaciones entre el inmenso e irrepetible  legado que nos dejaron los grandes clásicos.

Y en esa obra, el instrumento musical que le da nombre poseía unas cualidades excepcionales de aplacar y domesticar a los animales, incluidos los más fieros.

Otra flauta, pero esta de un cuento infantil, pertenecía  a un músico callejero que recorría los pueblos ofreciendo desaparecer plagas como la de las ratas, al influjo de sus melodías.

Precisamente algo  similar necesitamos   en estos tiempos difíciles y peligrosos quienes  vivimos en esta gigantesca pelota azul, que flotará  en el universo hasta que sus propios pobladores la hagamos saltar por los aires.

Porque hasta ahora se ha demostrado que los que se han otorgado a sí mismos el derecho a decidir sobre los demás no escuchan razones, ni siquiera el más simple reclamo de justicia o equidad o la tan traída y llevada misericordia.

Hoy,  decenas de misiles destruyen buena parte de una ciudad que fuera patrimonio de la humanidad; mañana un hospital o una escuela desaparecen por una bomba; el domingo una iglesia o una mezquita se convierten en la tumba de cientos de feligreses, víctimas del terrorismo, ese que algunos señores de la guerra proclaman querer erradicar, y sin embargo apoyan por no decir que justifican.

En otro lugar se cierra la puerta a los inmigrantes que intentan desesperadamente escapar de la guerra o del hambre, y en otro un presidente (¿será coincidencia?) habla sobre la necesidad y conveniencia de levantar un muro contra los extranjeros.

Allá, por una simple cuestión étnica o de sentimientos religiosos, unos se enfrentan a otros (y mueren miles incluidos mujeres, ancianos y niños) olvidando que han nacido en el mismo país, algo que debería hermanarlos más allá de creencias e ideologías.

Y mientras, hombres de ciencia, en costosos laboratorios en los que se invierten miles de millones anualmente, se devanan los sesos en la búsqueda no de una cura al cáncer, sino de novedosos y más mortíferos medios de destrucción, o descubrimientos como la navegación aérea a control remoto, se distorsionan para construir los drones que llevan la muerte a Afganistán, Siria o cualquier otro país.

Si se me diera la posibilidad de pedir un deseo, sin pensarlo dos veces rogaría al genio de la lámpara para que  hiciera caer de los cielos la cordura, pero sé que eso sería una tarea imposible hasta para el poderoso mago.

Entonces, solicitaría del mítico servidor de Aladino, dejara a los terrícolas escuchar el sonido de la flauta de Mozart para que apaciguara sus instintos de destrucción, o me prestara la del músico de Hamelin para lanzar al mar a todos los mezquinos, crueles, insensibles y prepotentes.

O tal vez, hiciera como Silvio Rodríguez, el  poeta y trovador cubano, que pidió ¨un rabo de nube, que se llevara lo feo… un barredor de tristezas…¨

Por ahora, esperemos que los pueblos de una vez por todas, despierten y desentierren de ese lugar recóndito donde están escondidas, la verdad y la justicia, para legarlas a nuestros hijos y que a su vez, los hijos de los hijos, puedan dormir tranquilos algún día.

(Gráfica de J. G. Valdés)

 

 

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