Trump, el mal jinete

Imagine usted por un instante que su familia es poseedora de un caballo excepcional, de esos pura sangres  que  salen en los mejores documentales, en las fotos del National Geografic o en los grandes filmes del oeste.

¿Entregaría su familia las riendas de ese corcel maravilloso a un jinete descuidado, que lo haría correr  hasta reventar, que no lo alimentaría  y lo dejaría al caer la noche de cualquier manera, expuesto al más desaprensivo de los ladronzuelos?

Por supuesto que ni pensarlo…

Entonces ¿qué ha pasado con el sentimiento nacional que por encima de todo ha prevalecido históricamente entre los estadounidenses?

¿Qué grado de irresponsabilidad los ha llevado a colocar las riendas del país en manos de un hombre cuya incapacidad ha sido más que demostrada desde los primeros meses de su ascenso a la Casa Blanca?

Amenazas con desatar una guerra nuclear, la retirada del acuerdo internacional para luchar contra el cambio climático, ofensas a la prensa, a los deportistas, a las figuras del séptimo arte, y la cruzada anti-inmigrantes son algunas de las páginas de su álbum personal de desatinos.

 El ¨inefable¨ Donald  que oh, casualidad… es tocayo del personaje-pato  de los cómics que encarna el sumun de la  avaricia, aunque claro, este último resulta simpático algunas veces.

Parece olvidar nuestro desprestigiado ocupante de la Oficina Oval que la potencia del norte fue construida por inmigrantes, e incluso su apellido apunta hacia un origen importado.

Quizás no conozca que solo entre 1900 y 1910 emigraron hacia los Estados Unidos  ocho millones de personas que llevaron el desarrollo de Europa, fundamentalmente de  Inglaterra e Irlanda, pero no son los únicos ejemplos.

Los latinoamericanos, hacia quienes muestra  una especial predisposición xenófoba, desde hace muchos años saltan hacia la tierra del ¨Tío Sam¨ en busca de mejores condiciones  económicas, y gracias a esa simple aspiración, los hacendados, los   propietarios de   empresas manufactureras y  otras productoras, han recibido oleadas de jornaleros  que rinden al máximo por un salario muy inferior al de los nacionales.

Ello sin contar que hay empleos que no son aceptados  por los estadounidenses, y que los guatemaltecos, mejicanos, hondureños, dominicanos y otros cubren gustosamente, como única vía para poder enviar algunos dólares de tanto en tanto a sus menguadas economías familiares.

Y para colmo, el flamante presidente no anda creyendo en asuntos de cambio climático, ni protocolos de río (¿pensará quizás que se trata de un caudal de agua en algún remoto lugar?) y mantiene bajo su dudosa autoridad a una nación que es hoy una de las mayores contaminantes del planeta.

Qué pena que una sociedad que tanto ha dado a la humanidad en el terreno de la ciencia, sea la mayor promotora de guerras y de agresiones al medio ambiente.

Qué lamentable que un pueblo magnífico que logró a un alto costo de sangre y sacrificio su independencia, que dio al mundo hombres como Franklin, Washington, Lincoln, Martin Luther King  y Lucius Walker, entregue el cetro a un irresponsable que ojalá no conduzca al mundo, como a un caballo desbocado hacia el abismo.

 

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