La guerra, ese engendro ciego, insaciable y destructivo

Mi pequeño Thiago ríe, salta como un resorte y dispara su diminuta arma de juguete; es un valiente soldado que junto con su abuelo, elimina a ¨los malos¨ mientras pasea por la vida sin preocupaciones sus cuatro años de inocencia protegida.

Mientras, un dolor corroe las entrañas de los hombres y mujeres sensatos en todo el mundo: la guerra continúa implacable su camino de sombras y tristeza, y  cada día estallan nuevos conflictos o se intensifican los que ya han hecho historia… y quienes más sufren son los niños.

Datos de organismos internacionales reflejan que  CINCO MILLONES  de infantes conocen de cerca qué es la guerra, y algunos en carne propia o por los daños que ha causado en sus familias.

En Líbano, Siria y otras zonas eufemísticamente llamadas ¨de conflicto¨ alrededor de DOS MILLONES  de pequeños se ven impedidos de acudir a la escuela, por el peligro de balas, bombas y misiles o porque los propios edificios destinados a la docencia han caído víctimas de la ceguera y la necedad.

Los  informes especializados afirman que  el número de niños afectados en todo el mundo por esta causa ha crecido 75% en relación con 1990, un dato que obliga a reflexionar en una dura realidad y preguntar:

¿Hacia dónde van esos países? ¿Qué será mañana de unas naciones cuyas nuevas generaciones no pudieron instruirse para ser útiles debido a la guerra? ¿Qué carga de luto, decepción y desesperanza portarán los futuros adultos?

Mientras, no solo las balas, sino las enfermedades, el hambre y las migraciones cobran su cuota de vidas, como  el mar Mediterráneo, que se ha convertido en una gigantesca tumba para miles de familias enteras… recordar la foto del diminuto cuerpo que recaló en una playa de Europa hace algún tiempo.

Y lo peor es que abundan las justificaciones para desatar el holocausto, y por un poco de petróleo o para colocar de manera ventajosa los intereses en esta o aquella posición, los fuertes sueltan las bridas al jinete apocalíptico que indefectiblemente arrasa en su galope a los inocentes.

 

 

Por ahora, mi Thiago disfruta de todo lo bueno y hermoso que le ofrecen ¨los grandes¨ en esta islita que abre la puerta en medio del Caribe, y que piensa en todos, pero en primer lugar en los que como él,  miran al cielo y solo ven las nubes, el sol y los frutos de su fantasía, pero  no las bombas, y cada noche duermen sin hambre entre los brazos de sus madres.

 

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