¿Por qué olvidar?

Un conocido, con las luces del pensamiento bien cortas, a mi juicio, me expresaba su desacuerdo con la insistencia de las autoridades cubanas en la suspensión del bloqueo como requisito imprescindible para la verdadera normalización de las relaciones entre la isla y los Estados Unidos.

Se refería igualmente el vecino al argumento esgrimido en las conversaciones, de la necesidad de restituir a la mayor de las Antillas la porción ilegalmente ocupada en la bahía de Guantánamo, y exponía como su punto de vista que ¨hay que olvidar los posibles o reales agravios pasados y comenzar desde cero la construcción de una nueva etapa…¨

Y luego de explicarle que ambos planteamientos (o reclamos, como muy oportunamente los llamamos) no pueden excluirse de conversación alguna, por lo que significaron y significan para la vida de los nacidos en el archipiélago, para su economía, y para sus sentimientos de hombres y mujeres libres y dignos.

Tampoco puede obviarse que, tras la oportunista voladura del Maine, que permitió a la potencia norteña rematar a un ejército español a punto de ser vencido, las tropas ocupantes impidieron a los mambises entrar a Santiago de Cuba, y trataron a los heroicos insurrectos poco menos que como a mendigos que se acercasen a sus campamentos en petición de ayuda, algo que como recoge la historia, es todo lo contrario a la verdad.

De sobra se sabe que de entonces a la fecha, han sido incontables las acciones de los gobiernos norteamericanos y de las grandes empresas de ese país, por exprimir al máximo a la pequeña nación, de la cual extrajeron durante décadas sus limitados recursos, al tiempo que la convertían en lo más parecido a un prostíbulo o un garito.

Luego del triunfo de la Revolución, vino la cálida acogida en Miami a los esbirros y asesinos, se sucedieron los intentos por ahogar la verdadera independencia recién conquistada y tras sucesivas presiones y maniobras como la suspensión de la cuota azucarera y la prohibición de refinar petróleo en sus industrias, vinieron los cientos de planes para asesinar al líder cubano Fidel Castro, Girón y los sabotajes que costaron vidas y bienes, seguidos de  la creación de las bandas de mercenarios en el Escambray.

Y aunque quedaron atrás en el tiempo tales hechos, a cual más innegable, no sucede lo mismo con la base ilegal y con el bloqueo; la primera hincada como una espina en nuestro sentimiento nacional soberano, y el segundo como un dogal que desde hace más de medio siglo intenta asfixiarnos y nos ha costado cientos de millones, además de su impacto sobre la salud, la cultura, la industria, la alimentación, la vida misma de un pueblo que no ha cometido acto alguno de agresión contra el poderoso gendarme.

¿Nacionalizamos sus latifundios, eliminamos sus casinos y traspasamos la propiedad de sus industrias a una administración  social más justa? Es cierto, pero en su momento (con excepción de los antros de juego,  prostitución y drogas) se les ofreció una justa compensación que se negaron a aceptar.

¿Tenemos un sistema político y social cuyo centro es la igualdad  y el humanismo, la solidaridad y el desinterés material? Es una verdad como un templo, pero es nuestro derecho, y ese camino que elegimos en el 59 continuará inalterable, por fuertes que sean las mareas y los escollos.

¿Constituye el ejemplo de Cuba una piedra en el zapato del tío Sam? Parece que sí, y lo peor es que no han podido sacarla y cada vez en el mundo suman más voces amigas que entonan su canto de comprensión y apoyo a David contra Goliat.

Entonces, vale la pena preguntar al conocido de marras: ¿Por qué olvidar?

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