La salud en Cuba

Se ha hablado mucho de los resultados de este sector,  y aunque nunca es suficiente cuando se exaltan las buenas acciones,  y son conocidas y reconocidas, el tema de la salud se impone siempre en muchos de los análisis e incluso en el dialogar cotidiano entre los habitantes de esta isla, el país del mundo que, sin estar en guerra, más sabe de privaciones y dificultades materiales, ocasionadas por un bloqueo de más de medio siglo. Pero la experiencia vivida sobrepasa a la letra impresa, o a las palabras escuchadas de otros labios. Eso precisamente tocó de cerca a mi familia que, por espacio de varias semanas, cuidó de un enfermo en uno de los hospitales de la provincia de Camagüey. Conocer de cerca las limitaciones de recursos que a diario enfrentan los trabajadores de la salud, y sentir en uno mismo cuánto de entrega y profesionalismo derrochan muchos de ellos, merece  más que unas cuantas líneas en un reporte periodístico. No se trata del muchas veces esgrimido quehacer de los médicos, enfermeras y técnicos cubanos en el cumplimiento de misiones internacionalistas, en las que se amontonan los casos de total desprendimiento del personal que nos representa en países lejanos, en condiciones de vida y de ejercicio de la profesión que desanimarían a la mayoría de los profesionales de naciones desarrolladas. Allí, las motivaciones son otras, desde el patriotismo hasta esa especie de amor propio que nos hace sobreponernos a los obstáculos para ¨poner el nombre bien alto¨ o por un sentido innato de servir a unas personas que, absolutamente desvalidas, ven morir a sus hijos cuando la ciencia moderna es capaz de curar sus enfermedades con un mínimo de medicamentos y un poco de atención. Es en cualquier rincón de Cuba, donde la cotidianeidad obliga a esos mismos hombres y mujeres de batas blancas, a resolver problemas creados por la falta de recursos, o por el abrumador número de pacientes que se agolpan a la puerta de las consultas, todos en busca de solución a sus dolencias, donde se someten a un máximo de tensión la aptitud y la actitud. Muchas veces  olvidamos, momentáneamente por fortuna,  que el médico es un ser humano que, como todos, necesita de privacidad y concentración para ejercer su labor, y de descanso tras largas horas de analizar los más disímiles casos; tocamos a la puerta tras la cual examina a un enfermo, o criticamos el que consideramos un tiempo demasiado largo de espera para recibir la atención que, como los demás, pedimos. Claro, en todo rebaño hay ovejas díscolas, pero son minoría y no llegan a empañar la obra común de humanidad y desinterés. Incluso los estudiantes  de enfermería, una profesión de ilimitado sacrificio y amor al prójimo asumen con el rigor de los consagrados  su difícil tarea, en la que abundan las noches sin apenas dormir y el mirar de frente a la cara difícil de la vida. Resulta sorprendente cuando se conoce qué caminos indescifrables debe recorrer la medicina cubana para resolver la falta de determinado fármaco, reactivo o equipo,  provocada por el bloqueo y aún así, salvar miles de  vidas. Cuántas necesidades deja un galeno atrás, cuando temprano en la mañana marcha a cumplir su cotidiana misión, apretujado en un transporte público,  sobre una bicicleta o a bordo de un coche tirado por un caballo, sin  perder la amabilidad o la concentración a lo largo de interminables horas de consulta o de permanencia en el quirófano. No son los bienes materiales, ni el público reconocimiento (que ese sí lo reciben) lo que anima a estos miles de hombres y mujeres, sino el compromiso con sus semejantes y con una profesión que les hace portadores de una herramienta invaluable, una especie de vara mágica, el amor.

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