Ciego, pero no tonto

La historia me la contó mi hermano, viejo miliciano de aquellos que por los años 61, 62 y 63 del pasado siglo, lo mismo pasaban seis meses en campaña enfrentados a las bandas contra revolucionarias, que participaron en los combates de Playa Girón, o marchaban con igual disposición a los cortes de caña, en las bien llamadas ¨zafras del pueblo¨. Resulta que en la zona de Guáimaro, el narrador de marras conoció a un anciano de apellido Guevara, de quien no recuerda el nombre, y supone debe haber fallecido por el natural paso de los años. Ciego por alguna desconocida contingencia, de baja estatura, delgado pero muy fuerte, amable y de sonrisa fácil, Guevara había ganado el afecto y la admiración de quienes lo conocieron, por su disposición irrevocable de olvidar su limitación física y asumir las más difíciles labores. Así, el viejo desmochaba palmas, acción que requiere singular destreza y valor para trepar esos árboles de gran altura y una vez en la copa  cortar con un machete los racimos del fruto, llamado palmiche (alimento muy apreciado  para los cerdos) y deslizarlos  hasta el suelo por una cuerda. Cuando era necesario, chapeaba potreros sin importar el duro y espinoso marabú; con admirable pericia y, a pesar de la carencia del sentido de la vista, sorteaba las púas del arbusto e incansable, derribaba a su paso cuanta maleza cubría los pastizales. En ocasiones  hacía labores de carbonero, y según refiere mi narrador, daba gusto ver los hornos, de los cuales salía un material de primera calidad. Solían acompañarlo, más por curiosidad que por ayudar, algunos jóvenes de quienes demandaba  solo que lo colocasen frente a la palma que era preciso desmochar, y una vez en posición, ponía las ¨trepaderas¨ , una cuerda que atada convenientemente pasa por los muslos y provee de una especie de estribos, aparataje que otorga una precaria seguridad al escalador. En cuestión de minutos ascendía el viejo, cortaba los racimos y se deslizaba con habilidad de acróbata  hacia tierra, ante el asombro de los presentes. Uno de ellos, el clásico chistoso del grupo, planeó una maldad  desprovista de esa criolla sana intención  que caracteriza a los cubanos, y colocó a Guevara frente a una palma joven, en cuyo penacho se apreciaba una penca (así se llama en Cuba a la hoja) que cobijaba un enorme nido de avispas. Aprestó el anciano sus arreos, dio el saltico inicial y ya comenzaba la ascensión, cuando soltó un bufido y volvió al suelo. ¨ ¿Qué pasó, mi viejo?—preguntó el pesado jaranero _¨Na, que debajo de una penca hay un avispero que le traquetea el mango¨ _¨No me diga… y ¿cómo lo supo Guevara? _¨Porque las oía zumbar, y yo soy ciego, pero no vaina ¿me oyó?¨ Aún a más de medio siglo de la anécdota, mi interlocutor reflejaba en su rostro, curtido por la vida y por los años, la admiración hacia aquel  viejo excepcional, mezclada con algo de pena por un incidente al cual nuestro protagonista no dio la menor importancia. Al rato, ya estaba de nuevo entre los jóvenes, en la incansable búsqueda de alguna tarea que cumplir.

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