Inteligencia animal, una anécdota increíble

Créame o no, sé muy bien que lo que le voy a contar es difícil de asumir como la narración de un  suceso que realmente ocurrió, pero pido se me conceda, no a mí en lo personal, sino a quien me lo contó con la mayor seriedad del mundo, al menos el beneficio de la duda. Una persona muy cercana, exactamente uno de mis hermanos mayores, ejerció durante más de 30 años  la profesión de pescador, casi siempre de los llamados ¨acuicultores¨ o integrantes de las brigadas de captura de peces de agua dulce. Por aquellos años 60 y 70 las condiciones en que llevaban adelante su labor eran en verdad precarias, con ranchos de techo de palma como albergues; por cama una hamaca o un catre y como cocina, improvisados fogones de leña en los que cocían más mal que bien alguna vianda y pescado, mucho pescado. Era muy común que estos hombres, que pasaban la mayor parte del mes a la orilla de los embalses, entre enjambres de mosquitos y las inclemencias del clima, sumados a la ruda faena cotidiana, tuviesen como compañías perros o gatos, e incluso una que otra jutía, animal que se adapta perfectamente al cautiverio y constituye la mascota preferida de muchos. Al pescador de nuestra historia le regalaron una pequeña gata, animal de estirpe más que dudosa, pero vivaracha y cariñosa. Sucedió lo que era de esperar: los ratones que campaban por sus respetos antes de la llegada de la cazadora, cayeron uno tras otro en las garras de la diminuta felina, que (lo aclaró enfáticamente el narrador) no los comía, sino que jugaba largo rato hasta que, ya atontados los roedores y ella cansada, de una dentellada los enviaba a mejor vida. Pero, consecuencia irremediable, musurrunga, como la llamaba el pescador, acabó en poco tiempo con las existencias de los molestos depredadores de cuanto puede ser destruido en una vivienda nada confortable y que no brilla precisamente por su orden y limpieza. Así las cosas, pasaba largos ratos a la puerta del rancho, persiguiendo algún rayo de sol, o tras la hoja desprendida de un árbol y que el viento agitaba… pero para el temperamento de la gatica esa diversión no bastaba. Un mediodía de sol tórrido y calor exasperante, en que su dueño trataba de protegerse a la sombra de un guayabo a pocos metros de la vivienda, vio partir a la cazadora, ondulante y silenciosa, como solo saben hacer esos animales privilegiados por natura. Pasaron algunos minutos y regresó, muy oronda, nada menos que con un pequeño ratón sujeto entre las mandíbulas, al que depositó en el interior del dormitorio-sala de estar- almacén- cocina comedor. Reanimó a la minúscula alimaña con un par de bofetadas (garras ocultas, patas afelpadas) y se dedicó a perseguirla con entusiasmo, aunque con el suficiente cuidado para no estropear su ¨juguete¨. Podrá usted dudar de la veracidad de la historia, pero doy fe de la seriedad de quien me la narró, aunque resulta proverbial la tendencia de los pescadores a… bueno, ya se sabe a qué. Sin embargo, todos hemos visto documentales y programas de los llamados ´¨serios¨ en la TV, que nos presentan evidencias de la extraordinaria capacidad de esos seres a los que olímpicamente llamamos irracionales, cuando la realidad es que muchos de ellos pueden brindarnos lecciones de conducta. Ah, y no se preocupe, que posiblemente, muy pronto, le tenga otra historia semejante a la de musurrunga, para que, la crea o no, al menos tenga algo que contar a los hijos y nietos, como una simpe historia de pescadores.

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